¿Por qué Argumentar?
Hay varias razones prácticas para la formulación de argumentos de calidad, y para esperar que otros hagan lo mismo.
En primer lugar, los buenos argumentos nos ayudan a tomar las mejores decisiones personales, lo cual, por lo general, redundará en mejores posibilidades de éxito en todos los aspectos de nuestra vida, sea en lo personal o en lo profesional.
En segundo lugar, los buenos argumentos favorecen nuestro interés en mantener sólo aquellos puntos de vista que entendemos son ciertos o defendibles. Si nos exigimos argumentar bien, ello nos llevará a nuevas y mejores ideas, reforzará nuestras creencias, o sacará a la luz defectos que pueden llevarnos a abandonar o matizar algunas de estas creencias.
En tercer lugar, la utilización de buenos argumentos eleva el nivel de pensamiento y discusión en ámbitos sociales y profesionales, y también en nuestra vida personal. Por lo general, los buenos argumentos son más efectivos y pueden convencer a otros sin necesidad de recurrir al miedo, la intimidación o el chantaje emocional.
En cuarto lugar, enfocarse en la calidad del argumento es una forma de resolver enfrentamientos personales o conflictos, ya que, atendiendo al mérito de los argumentos contrarios, los participantes en una discusión son capaces de descubrir aquello que hace que una posición sea más sólida y convincente que otras.
Y finalmente, los buenos argumentos juegan un papel muy importante a la hora de tomar decisiones morales difíciles. No sólo nos ayudan a decidir qué acciones positivas tomar en determinadas circunstancias, sino también cuáles evitar para no provocar consecuencias dañinas. Las falsas creencias, a las que generalmente conducen los argumentos falaces, confunden nuestra visión moral y a menudo provocan actuaciones que acaban causando daños a otros.
Puesto que todos somos responsables de nuestras acciones, es importante que basemos nuestras creencias y decisiones en las conclusiones obtenidas de una buena argumentación.
En primer lugar, los buenos argumentos nos ayudan a tomar las mejores decisiones personales, lo cual, por lo general, redundará en mejores posibilidades de éxito en todos los aspectos de nuestra vida, sea en lo personal o en lo profesional.
En segundo lugar, los buenos argumentos favorecen nuestro interés en mantener sólo aquellos puntos de vista que entendemos son ciertos o defendibles. Si nos exigimos argumentar bien, ello nos llevará a nuevas y mejores ideas, reforzará nuestras creencias, o sacará a la luz defectos que pueden llevarnos a abandonar o matizar algunas de estas creencias.
En tercer lugar, la utilización de buenos argumentos eleva el nivel de pensamiento y discusión en ámbitos sociales y profesionales, y también en nuestra vida personal. Por lo general, los buenos argumentos son más efectivos y pueden convencer a otros sin necesidad de recurrir al miedo, la intimidación o el chantaje emocional.
En cuarto lugar, enfocarse en la calidad del argumento es una forma de resolver enfrentamientos personales o conflictos, ya que, atendiendo al mérito de los argumentos contrarios, los participantes en una discusión son capaces de descubrir aquello que hace que una posición sea más sólida y convincente que otras.
Y finalmente, los buenos argumentos juegan un papel muy importante a la hora de tomar decisiones morales difíciles. No sólo nos ayudan a decidir qué acciones positivas tomar en determinadas circunstancias, sino también cuáles evitar para no provocar consecuencias dañinas. Las falsas creencias, a las que generalmente conducen los argumentos falaces, confunden nuestra visión moral y a menudo provocan actuaciones que acaban causando daños a otros.
Puesto que todos somos responsables de nuestras acciones, es importante que basemos nuestras creencias y decisiones en las conclusiones obtenidas de una buena argumentación.

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