¿Qué es una Falacia?
Según el diccionario, falaz, cuando se aplica a personas y a sus palabras o promesas, significa engañoso, falso o mentiroso. Cuando se aplica a un razonamiento o a un argumento, se refiere a un error que por lo general no lo parece y que se utiliza, como indica su etimología, para engañar. En Lógica se estudian y analizan los errores de razonamiento más comunes y a algunos incluso se les da nombres concretos, agrupándolos en categorías que indican propiedades comunes de los errores. Algunos han criticado esta forma de tratar los errores de razonamiento por ser en negativo y por carecer de una teoría que unifique los distintos errores.
T. Edward Damer propone una definición y una teoría de la falacia que responde a esa crítica, y que es la que aquí seguimos: una falacia es una violación de cualquiera de los criterios que definen a un buen argumento. Un argumento falaz es pues un mal argumento, y todo mal argumento es, por definición, falaz. La falacia no es, por tanto, sólo algo a evitar sino que va al corazón mismo de la buena argumentación.
Visto de esta forma, las falacias pueden ser debidas a la irrelevancia de una premisa, a la no-aceptabilidad de una premisa, a la insuficiencia del conjunto de premisas, o a no rebatir de forma efectiva las objeciones más serias a la conclusión del argumento. Hay que destacar, además, que la falacia no tiene porque ser intencionada. La intención no importa, un error es un error, sea o no intencionado.
Tampoco son patrimonio de quien argumenta. Si alguien acepta la conclusión de un mal argumento como sui fuera bueno, comete también un error de razonamiento y es igual de responsable que quien lo formula. Aceptar sólo buenos argumentos es también una forma de pensar correctamente.
Falacias con nombre
Ser capaces de identificar una falacia concrecta con un nombre ayuda en el análisis argumental. Si un error es tan común que se le asigna un nombre, podemos estar seguros de su caracter falaz, y resulta reconfortante descubrir determinados errores de razonamiento que han sido específicamente identificados por expertos en argumentación.
Decir simplemente que un argumento es "ilógico", o que "hay algo erróneo" en él, sirve de poco. Es como ir al médico y que todo lo que te diga es que estás enfermo: lo que esperamos de él es un diagnóstico y un tratamiento. Igual ocurre con la argumentación: debemos ser capaces de especificar con precisión qué es lo que convierte a un argumento en falaz, y qué se requiere para corregirlo.
No todas las falacias tienen nombres concretos, y probablemente la mayoría de las que nos encontremos en argumentaciones prácticas no lo tendrán. Tampoco es necesario saber los nombres de las falacias más conocidas para evaluar los méritos de un argumento. Incluso si olvidáramos los nombres de las falacias más conocidas, la teoría y la técnica aquí descritas nos servirían para determinar la validez de un argumento. Basta con recordar los cuatro criterios básicos: Relevancia, Aceptabilidad, Suficiencia y Refutación.
T. Edward Damer propone una definición y una teoría de la falacia que responde a esa crítica, y que es la que aquí seguimos: una falacia es una violación de cualquiera de los criterios que definen a un buen argumento. Un argumento falaz es pues un mal argumento, y todo mal argumento es, por definición, falaz. La falacia no es, por tanto, sólo algo a evitar sino que va al corazón mismo de la buena argumentación.
Visto de esta forma, las falacias pueden ser debidas a la irrelevancia de una premisa, a la no-aceptabilidad de una premisa, a la insuficiencia del conjunto de premisas, o a no rebatir de forma efectiva las objeciones más serias a la conclusión del argumento. Hay que destacar, además, que la falacia no tiene porque ser intencionada. La intención no importa, un error es un error, sea o no intencionado.
Tampoco son patrimonio de quien argumenta. Si alguien acepta la conclusión de un mal argumento como sui fuera bueno, comete también un error de razonamiento y es igual de responsable que quien lo formula. Aceptar sólo buenos argumentos es también una forma de pensar correctamente.
Falacias con nombre
Ser capaces de identificar una falacia concrecta con un nombre ayuda en el análisis argumental. Si un error es tan común que se le asigna un nombre, podemos estar seguros de su caracter falaz, y resulta reconfortante descubrir determinados errores de razonamiento que han sido específicamente identificados por expertos en argumentación.
Decir simplemente que un argumento es "ilógico", o que "hay algo erróneo" en él, sirve de poco. Es como ir al médico y que todo lo que te diga es que estás enfermo: lo que esperamos de él es un diagnóstico y un tratamiento. Igual ocurre con la argumentación: debemos ser capaces de especificar con precisión qué es lo que convierte a un argumento en falaz, y qué se requiere para corregirlo.
No todas las falacias tienen nombres concretos, y probablemente la mayoría de las que nos encontremos en argumentaciones prácticas no lo tendrán. Tampoco es necesario saber los nombres de las falacias más conocidas para evaluar los méritos de un argumento. Incluso si olvidáramos los nombres de las falacias más conocidas, la teoría y la técnica aquí descritas nos servirían para determinar la validez de un argumento. Basta con recordar los cuatro criterios básicos: Relevancia, Aceptabilidad, Suficiencia y Refutación.

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