Argumentar Deportivamente
La argumentación, al igual que los deportes u otras actividades, debe sujetarse a ciertas reglas de juego. No nos referimos aquí a las reglas que gobiernan una discusión racional (ver Código de Conducta), sino a reglas de "deportividad", o de juego limpio. Éstas son necesarias para mantener relaciones amistosas con los oponentes y para, en última instancia, ganarles sin despertar su animosidad y sin necesidad de ridiculizarles.
En primer lugar, no hay que convertirse en un "cazador de falacias" obsesionado por analizar cada una de las expresiones en busca de la falacia correspondiente. Esta actitud suele generar animaversión. Algunas personas que han seguido este curso dicen haber experimentado dificultades de relación con sus amigos, familiares o profesores, seguramente debidas a actidudes de este estilo - sacándoles a relucir, por ejemplo, de forma pedante, todo tipo de falacias, incluso en las conversaciones más intrascendentes.
En segundo lugar, limitémonos a confrontar a un oponente con su razonamiento falaz sólo cuando estemos convencidos de que ha llegado a una conclusión inválida como resultado de violar uno o más criterios de buena argumentación, y sólo para explicarle por qué no podemos aceptar su razonamiento. Ensañarse señalando afirmaciones cuestionables que no son centrales para el tema bajo discusión no hace más que retrasar y desviar la atención de lo importante.
En tercer lugar, téngase en cuenta que una falacia, no siempre es una falacia. Es decir, que lo que puede parecer falaz, no siempre lo es: depende del contexto. Como hemos dicho, lo preligroso del pensamiento falaz es precisamente que es muy parecido a la forma correcta de pensar. Por esta razón, antes de lanzar la acusación de "falacia", hemos de asegurarnos de que efectivamente lo es.
Cuarto, cuando nos cojan cometiendo una falacia (nadie está libre de ello), admitámosla sin el menor reparo y modifiquemos nuestro pensamiento . No intentemos negarlo o soslayarlo con excusas. Seamos buenos perdedores.
Y, finalmente, evitemos el término "falacia" siempre que sea posible. Hay otras formas más sutiles de informar al contrincante de que ha cometido un error de razonamiento sin tener que exclamar, "¡Ah! Esto es una falacia." Máxime con la connotación negativa de engaño consciente que suele tener en el vocabulario habitual. Utilizar tecnicismos, como los nombres latinos de las falacias, tampoco ayuda. Es mejor encontrar formas de centrar su atención en la construcción misma del razonamiento.
En suma, seamos imaginativos. Encontremos formas de cuestionar los razonamientos ajenos sin alienar y sin provocar engorros innecesarios a nuestros interlocutores. Después de todo, nuestro objetivo debe ser ayudar a los demás a pensar con mayor claridad, no pillarles en una falacia.
En primer lugar, no hay que convertirse en un "cazador de falacias" obsesionado por analizar cada una de las expresiones en busca de la falacia correspondiente. Esta actitud suele generar animaversión. Algunas personas que han seguido este curso dicen haber experimentado dificultades de relación con sus amigos, familiares o profesores, seguramente debidas a actidudes de este estilo - sacándoles a relucir, por ejemplo, de forma pedante, todo tipo de falacias, incluso en las conversaciones más intrascendentes.
En segundo lugar, limitémonos a confrontar a un oponente con su razonamiento falaz sólo cuando estemos convencidos de que ha llegado a una conclusión inválida como resultado de violar uno o más criterios de buena argumentación, y sólo para explicarle por qué no podemos aceptar su razonamiento. Ensañarse señalando afirmaciones cuestionables que no son centrales para el tema bajo discusión no hace más que retrasar y desviar la atención de lo importante.
En tercer lugar, téngase en cuenta que una falacia, no siempre es una falacia. Es decir, que lo que puede parecer falaz, no siempre lo es: depende del contexto. Como hemos dicho, lo preligroso del pensamiento falaz es precisamente que es muy parecido a la forma correcta de pensar. Por esta razón, antes de lanzar la acusación de "falacia", hemos de asegurarnos de que efectivamente lo es.
Cuarto, cuando nos cojan cometiendo una falacia (nadie está libre de ello), admitámosla sin el menor reparo y modifiquemos nuestro pensamiento . No intentemos negarlo o soslayarlo con excusas. Seamos buenos perdedores.
Y, finalmente, evitemos el término "falacia" siempre que sea posible. Hay otras formas más sutiles de informar al contrincante de que ha cometido un error de razonamiento sin tener que exclamar, "¡Ah! Esto es una falacia." Máxime con la connotación negativa de engaño consciente que suele tener en el vocabulario habitual. Utilizar tecnicismos, como los nombres latinos de las falacias, tampoco ayuda. Es mejor encontrar formas de centrar su atención en la construcción misma del razonamiento.
En suma, seamos imaginativos. Encontremos formas de cuestionar los razonamientos ajenos sin alienar y sin provocar engorros innecesarios a nuestros interlocutores. Después de todo, nuestro objetivo debe ser ayudar a los demás a pensar con mayor claridad, no pillarles en una falacia.

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